Papá, quiero ser del Mallorca

—Papá, no puedo darte la mano porque tengo que llevar la entrada. No puedo perderla, sino no me dejarán entrar al campo.

Hay brillo en sus ojos. Podría marcharme corriendo en dirección contraria que no se daría ni cuenta. Va caminando, con las dos manos al frente sujetando ese pedazo de papel que reza “RCD Mallorca – Albacete Balompié”, mirándolo fijamente. Cuando llegamos a los tornos, la persona de seguridad le indica muy educadamente cómo debe colocarlo para poder pasar. El código de barras justo aquí y verás que se pone una lucecita verde. ¿Ves? Ya puedes pasar.

Todavía nos quedan unas escaleras por subir para poder ver el campo. No sé el número de escalones, pero está tan nervioso que le escucho contar tan pronto como empezamos a avanzar. Diecinueve, veinte… Va agarrado a la barandilla con una mano. La otra sostiene con fuerza la entrada. Le animo a que me la dé para evitar una caída. Pero guárdala, papi, me dice. La guardo en el bolsillo con delicadeza y le animo a alzar la vista para que disfrute de la Serra de Tramuntana.

La ilusión se apodera de él cuando recibe un aplaudidor con el escudo del Mallorca. Todavía no se cree que vaya a ver su primer partido. Ya se respira mallorquinismo en el ambiente. Le pido que cierre los ojos y siga mis indicaciones. Le agarro los brazos, nos adentramos en la primera boca y empiezo el compás: paso, paso, paso, paso… Ahora, ábrelos.

Ni una palabra. Pocos segundos después, saltos de emoción. Venga, vamos a buscar nuestro sitio. En esa portería le marcó Engonga al Arsenal y, en aquella otra, Arango hizo uno de los goles más preciosos que se recuerdan por aquí. Eso son las gradas supletorias, hechas para poder ver más cerca a los jugadores. ¿Podré ver de cerca a Lago Junior? Claro que podrás. ¿Y ves esos asientos negros en medio? Ahí se sienta la gente importante. ¿Como nosotros? Ja, ja, ja. No, nosotros no. A nosotros nos toca justo aquí. Papá, ¿y toda esta gente viene a ver el Mallorca? La mayoría, sí, cariño. Hay una esquina allí arriba donde se colocan los seguidores del Albacete. ¿Y han venido desde Albacete? Sí. ¿Pero eso está a millones de kilómetros, no? ¡Qué va! Está más cerca de lo que parece. Algún día, cuando seas mayor, iremos a ver al Mallorca a un gran estadio. ¿De verdad? ¿Me lo prometes? Te lo prometo. Mira, salen los jugadores. Ya sabes lo que toca… ¡Cantar el himno!

Son Moix lleno fomenta mallorquinismo. Son Moix a rebosar inyecta en vena sangre bermellona entre los nuevos y los no tan nuevos. Son Moix abarrotado ruge como si cien mil almas animaran a los jugadores. Son Moix teñido entero de rojo crea recuerdos imborrables en la memoria de aquellos que por primera vez pisan el campo. Hagámoslo posible. Porque al fin y al cabo, esos recuerdos serán los que, a pesar de los malos momentos que más adelante puedan venir, a principios de verano, le hagan uno asistir a la oficina, decir su nombre, recibir su carné y guardarlo en la cartera con orgullo. Porque noches como la del jueves son las que agrandarán el mallorquinismo, son las que sembrarán la semilla bermellona en aquellos que, por primera vez, vayan a vivir en sus carnes lo que significan el rojo y el negro y que, seguramente, provocará que éstos agarren la camiseta bermellona de sus padres y les digan: Papá, yo también quiero ser del Mallorca.

One thought on “Papá, quiero ser del Mallorca

Responder a Biel Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *