El viaje sin retorno

Darwin y su ley de la supervivencia del más fuerte se empiezan a consolidar en Segunda, y el ascenso, a cada minuto que pasa, se vuelve un poco más utópico. Seguimos buscando un sistema, un estilo, un soplo de esperanza, un clavo al que aferrarse, un algo. Y ese algo debe ser encontrado ya, porque de lo contrario el tren hacia Primera saldrá sin nosotros.

Somos aquel pasajero de un tren que nunca llegará a su destino. Somos aquel náufrago que desfallece cuando ya ha avistado tierra. Somos aquel ser solitario que recorre el desierto y se detiene, fulminado por la deshidratación, cerca del oasis. Somos un equipo que cuando parece que ha encontrado el rumbo tras tres partidos seguidos sin perder, se desorienta y no se encuentra. Somos un equipo que carece de timón.

No voy a desmentir que sigo creyendo, en el fondo, muy en el fondo, en mi equipo. Mi corazón se resistió a creer que éramos de Segunda hasta el minuto 90 de aquel fatídico partido contra el Valladolid. La semana pasada estaba ilusionado, 7 puntos de 9 posibles. Lo estaba, para qué negarlo. Supongo que no seré el único. Pero ayer se disipó todo atisbo de ilusión, y puede parecer que no, que de ilusiones se vive, pero por lo menos la mía, tiene fecha de caducidad.

No sé cuál será el desenlace de esta historia, pero parece que este equipo siempre viaja hacia la ilusión con un billete de ida y vuelta. Quizá algún día el Mallorca llegue a la taquilla de la estación de la esperanza y únicamente compre un billete de ida, para permanecer allí durante un largo tiempo. Quizá, algún día…

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